Las Guacamayas

Estación Ixcán, la magia del río Lacantún

lunes, 14 de enero de 2008


Ejido Ixcán, Selva Lacandona, Chiapas, México.- Majestuoso. Así es el río Lacantún, en este pedazo de Chiapas.

Este afluente es resultado de la fusión de dos ríos: el Ixcán y el Jataté, y comienza en La Confluencia, lugar donde el mágico Chiapas se hace realidad precisamente al fundirse los dos ríos en uno solo.

El viaje inicia en el ejido Ixcán, ya en plena Selva Lacandona, cuando uno sube a una lancha con motor fuera de borda, río abajo, en el Ixcán, proveniente de las montañas de Guatemala.

Son pocos kilómetros, pero emocionantes, porque el Ixcán se ha venido transformando y se está haciendo innavegable, pues ha llegado mucha arena y está dejando de ser un río muy hondo, y en su lugar están naciendo una gran variedad de extensas y bellas playas e islas.

El lanchero opera con mucho cuidado, buscando las partes más hondas, y acomoda a los pasajeros de tal modo que se puedan ir librando los vados, las piedras y los arenales. Esta parte resulta emocionante, precisamente por esas maniobras. A ratos uno piensa que podemos caer al agua con todo y equipo.

El río Ixcán tiene un tono azul, que se modifica según las profundidades y la arboleda que lo circunda. La cámara fotográfica no se detiene en un casi permanente clickear, al accionar del flash.

Mientras el paseante escucha las historias que se tejen alrededor del río se puede apreciar lo imponente de la selva, de la Reserva Integral de la Biósfera Montes Azules, tan azules como las aguas del Ixcán donde viajamos.


De pronto asoman las aguas del río Jataté y las cosas cambian drásticamente, primero por el color de las aguas, luego por la profundidad de las mismas.

El Jataté arrastra elegantemente un bello color verde, que choca con el azul del Ixcán, y de entrada ambos resisten la embestida del otro, dejando coexistir ante la cámara los tonos de ambos afluentes, aunque luego se entregan uno al otro y se funden, dando a luz a un nuevo río, trascendiendo así su propia existencia.

El lugar se llama La Confluencia y el turista, por lo pronto, deja para más tarde la admiración del nuevo río, más bello, más imponente.

Mientras los guías ayudan al turista a bajar de la lancha, asoma ante los ojos un nuevo espectáculo: la Selva Lacandona, que lo mismo expone el verde de un río y el azul de otro que la oscuridad de la espesa arboleda de madera preciosa.

¿Por qué otra vez los dos colores?

El azul del cielo se ve tan lejos, apenas, tímidamente asoman sus tonos celestes, pues los árboles acá son muy frescos pero altos, como el cedro con sus 50 metros de altura, de ramas horizontales, testigo de tantas generaciones de plantas, personas y animales, con esos olores propios como escudo para evitar la presencia de gusanos y demás insectos que merodean en torno suyo.

También impiden la llegada de los rayos de sol las ramas de la ceiba, el árbol tropical de 60 metros de alto y 5 metros de diámetro o más, con sus largas espinas que igual intentan protegerlo.

Es el árbol nacional de Guatemala, pero poco le importa a la Ceiba sagrada de los mayas las divisiones territoriales y las creencias en torno suyo, le basta su monumental estatura, que parece sin fin, ubicándose en el centro del mundo y con sus raíces penetrando el suelo, mientras que las ramas más altas parecen sostener el cielo y juguetear con las nubes, rasgándolas.

La ceiba no es un árbol cualquiera, es más bien un tipo dominante que impacta a primera vista. Es uno de los árboles más altos, sobresaliendo con solvencia en la lucha constante de las plantas por alcanzar la luz solar y la cortina celeste. El turista, de hecho, se entrega a su en

canto particular con placer extraordinario, pues se trata de un árbol mágico a la mirada, al olfato, al tacto, con sus flores grandes, de pétalos aterciopelados, perfumadas, amarillas o doradas que brotan de diciembre a marzo.



También resulta interesante atestiguar el algodoncillo que desprende la ceiba desde las alturas y viajan por los aires dispersando las semillas de suelo guatemalteco al mexicano o viceversa.

Al costado de sus grandes tallos se observan pegadas y coquetas las bromelias, convertidas en pequeños estanques de agua.

Las orquídeas aparecen también junto al guarumbo trepando suavemente, sobre otros árboles altos o sobre las rocas, siempre buscando la luz del cielo.

El turista observa con asombro las lianas que se convierten ante sus ojos en rutas de acceso de las ardillas, en tour de las iguanas o saraguatos, ahí donde prenden sus garras y pico los pericos y las fieles guacamayas.

Y hablando de animales el paseante que llega con suerte puede apreciar al felino más grande de América: el jaguar, e inclusive tomarle fotos mientras va corriendo tras un tapir, un caimán y otros animales no tan grandes para cazarlos.

Este portentoso animal caza durante las horas del amanecer y del atardecer, y es muy activo durante la noche, y lo mismo acude a la orillas del río Lacantún con sus tonos de amarillo rojizo, por lo que para tener la oportunidad de admirarlo se debe permanecer en el lugar durante varias horas.

El jaguar sabe bien que para cazar al tapir con su largo hocico que le sirve a éste para arrancar raíces, hojas, agua, hierbas y plantas debe frecuentar la vera del río, donde el de tromba tubular encuentra la mayor parte de su comida, confiado en que puede defenderse corriendo a toda velocidad entre el follaje, tendiendo trampas para que su depredador más desconsiderado se golpee con las ramas que va separando él con su cabeza.

Mucho más difícil es hallar al oso colmenero, por sus costumbres nocturnas y porque casi siempre se esconde debajo de la tierra, metido en las cuevas hechas por otros animales o en cavidades dentro de los grandes troncos.

Con suerte, sin embargo, alguna vez podría encontrarlo durmiendo en ramas de árboles, agarrado fuertemente con las garras y su fuerte cola prensil. Lo ideal sería encontrarle y fotografiarle accionando su larga lengua embadurnada de ese líquido pegajoso con el que captura fácilmente comejenes, hormigas o termitas.

La ruta para llegar…

Para quienes viven en el extranjero deben llegar a la Ciudad de México y de ahí volar hacia la capital de Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, desde donde pueden tomar alguna de las rutas terrestres hacia Comitán de Domínguez.

Ya en esta ciudad el turista debe continuar por la carretera Panamericana hasta La Trinitaria y posteriormente por la Fronteriza del Sur, pasando el Parque Nacional Lagunas de Montebello. Si tiene el cuidado de poner el marcador de kilometraje en ceros desde Comitán debe hacer un alto en el kilómetro 145, donde encontrará el anuncio de la llegada a Estación Ixcán.

Para mayor tranquilidad del conductor, éste debe saber que en el trayecto pasará por el Parque Nacional Lagunas de Montebello, admirará en el camino, a diestra y siniestra, una gran variedad de bellos lagos de colores, y comunidades como Amparo Agua Tinta, Nuevo San Juan Chamula, Nuevo Huixtán, el desvio al paradisiaco centro ecoturístico Causas Verdes Las Nubes, el puente Santo Domingo del Embarcadero Jerusalem, y la cabecera municipal de Maravilla Tenejapa, desde donde debe contar 25 kilómetros para llegar al ejido Ixcán, un lugar enclavado en la zona selvática de Ocosingo, donde se disfruta de un clima cálido húmedo.

A esta altura se localiza un desvío de terracería de menos de un km para llegar al ejido Ixcán, donde se toma una lancha en un recorrido de 15 minutos que conduce a las instalaciones de la estación, donde hoy están sin funcionar dos hoteles con un concepto muy original que las autoridades estatales no han querido remodelar.

El primero y más grande es de tres niveles, de una estructura metálica con madera de la región; las recámaras (hoy vacías) tienen todas una hermosa vista al espeso bosque y algunas también al río Lacantún.

Contacto con la naturaleza…

El contacto con la naturaleza lo permiten los ventanales hechos de una tela metálica o mosquitero que permite disfrutar del aire fresco de la noche y escuchar el trinar de las chachalacas, la más "escandalosa" de todas las aves, sobre todo en la época de apareamiento cuando aumenta su algarabía, aún más notables durante la época de anidación, tanto de día como al oscurecer, lo mismo en verano como en invierno.



A estas aves las podemos ver en plena faena construyendo con hojarasca sus nidos en árboles espesos, aunque anidan a veces en el suelo. Cinco o seis parejas reciben a los visitantes con alboroto sin igual, quizá avisando de la peligrosa presencia del mayor depredador del mundo animal y vegetal.

También se puede escuchar a los saraguatos, los cuales al amanecer, junto con el nacimiento del Sol, emiten resonantes, estremecedores gritos para anunciar a la selva y sus moradores que empieza un nuevo día. Así se inicia la jornada cotidiana de los monos aulladores, singular especie que debe su nombre al fuerte gruñido de los machos y al grito -semejante al ladrido de un perro "bull terrier"- de las hembras.



Los machos adultos, jefes de la tribu, imponen su autoridad sin agresión y dirigen el concierto de aullidos, que empieza casi con susurros y termina en un auténtico estruendo, como en un aquelarre selvático. El resto de la manada imita el tono de los gritos del líder y sigue exactamente la ruta trazada por éste.

También puede verse y escucharse el alboroto, desde estas frescas recámaras, de las fieles guacamayas, con su pico grueso y fuerte, apto para romper las superficies más duras, además de utilizarlo como tercera pata para trepar en las lianas o árboles frutales. Estas aves pueden permanecer suspendidas de una rama cogidas solo de su pico durante un minuto o más tiempo. Las guacamayas en este lugar establecen su hogar sobre árboles más altos, preferiblemente los más viejos, en los cuales les resulta fácil hacer una cavidad en el tronco enjuto.

Por ahora, ciertamente, las recámaras de los hoteles no están siendo utilizadas, pero siguen siendo opción para quienes anhelen el contacto vivo con la naturaleza, para esperar pacientemente el vuelo al río del águila pescadora, que se deja caer en fuerte picada para atrapar a los peces; o por lo menos escuchar su silbido melodioso y agudo: chiu chiu chiu mientras viaja de las ramas más altas de los cedros o ceibas.

De todos modos no es despreciable escuchar a los loros, pericos, urracas, carpinteros o ver pasar a la aguililla blanca, al gavilán, a un tucán real y al tucancillo, al faisán, algunas parvadas de pavas, perdices, chocotas, peas y otras más.

Nuestros guías en esta ocasión nos acompañaron por un corto recorrido en parte de la selva lacandona, pero quisimos admirar la jungla desde la vera del río, donde Don Oscar Morales Álvarez, el Presidente de la Sociedad Turística Sac Balán, nos dijo que si queríamos podíamos pescar con anzuelo, tarraya o trasmallo, pues hay abundantes peces como el robalo, huauchinando, lisetas, mojarras, bobos, carpas, macabies, pejelagartos, piguas, camarones, cangrejos.

El experto lanchero, Ricardo Ramírez Mazariegos, también secretario de la sociedad, y Don Constancio Escobar Meneses, nos hablaron de tortugas gigantes que miden hasta 70 centímetros de largo por 40 de ancho y llegan a alcanzar un peso de 40 kilos, pero no encontramos ninguna para fotografiar.

Lo que sí encontramos cuando ya regresábamos del Remolino de los Muertos fue un enorme cocodrilo, descansando sobre una laja, pero no quiso dejarse fotografiar, prefirió zambullirse a las aguas y mirarnos desde ahí mientras nos alejábamos, tristes de no haber conseguido su confianza.



Actividades a realizar...

En este pulmón del mundo es difícil resistir a la invitación que las frescas aguas nos hacen para practicar la natación, luego de los paseos en lancha, la práctica del senderismo, la observación de flora y fauna, y por la tarde noche el campismo.

También se puede pescar con anzuelo, con tarrayas, con trasmallos, aunque está prohibido utilizar el arpón.

Eso sí, es pertinente llevar ropa y calzado apropiado para las caminatas, llevar una lap top para vaciar varias veces la cámara digital fotográfica, así como también repelente de insectos y equipo necesario si se desea acampar, al lado de las vainillas silvestre y enredaderas, con la posibilidad de apreciar el paso de especies de tejones, oselotes, monoaraña, venados, tuzas, iguana, garrobos u otros.

No hay por qué temerle a la nauyaca u otras culebras como la boa, cantil, coralillo, bejuquillo, chichicúa, ratonera y 50 especies más, porque ellas no se llevan con nosotros, saben que no hay peor depredador en el mundo que el hombre y generalmente deciden alejarse.

Si el turista así lo desea también puede irse río abajo durante varias horas, y llegar a las ruinas Loma Bonita, en plena biosfera de los Montes Azules e inclusive llegar al Centro Ecoturístico Las Guacamayas, donde podrá admirar al Ara macao.

RECORRIDO EN LANCHA para llegar a LAS PALMAS (Municipio de Acapetagua) -1_2-